Una ventana al hielo: más de 1.600 estudiantes de cuatro países conocen la ciencia y la vida en la Base Antártica “Capitán Arturo Prat”

En el marco del Mes del Mar, la base chilena más antigua del Territorio Chileno Antártico abrió sus puertas de forma virtual a colegios de Chile, Colombia, Perú y México. A través de la pantalla, miles de estudiantes se asomaron al trabajo científico, las condiciones extremas y la vida cotidiana en uno de los rincones más remotos del planeta.

Punta Arenas — Hay lugares donde la ciencia, la historia y la geografía se escriben sobre el hielo. Uno de ellos se levanta desde 1947 en la isla Greenwich, entre los vientos de las Shetland del Sur: la Base Naval Antártica “Capitán Arturo Prat”, la primera instalación permanente que Chile tuvo en el continente blanco. Casi ocho décadas después, su dotación sumó una nueva tarea a su rutina austral: convertirse, por unas semanas, en aula abierta para más de 1.600 estudiantes.

Una ventana virtual al continente blanco

En el marco de las actividades conmemorativas del Mes del Mar, la base desarrolló desde mayo una serie de visitas virtuales dirigidas a establecimientos educacionales de Chile y del extranjero. En estas jornadas interactivas, estudiantes y docentes pudieron conocer las principales funciones de la instalación, las condiciones de vida en el Territorio Chileno Antártico y, sobre todo, el trabajo científico que se desarrolla en el continente.

La iniciativa alcanzó a más de 1.600 alumnos de diversos colegios de Chile y de países como Colombia, Perú y México. Desde sus salas de clases, miles de kilómetros al norte, niños y jóvenes contemplaron por unos minutos el mismo paisaje que enfrentaron los pioneros: la inmensidad helada, el silencio y un entorno donde la temperatura baja de cero, el aislamiento es la norma y la dotación permanece operativa durante todo el año. Para muchos fue la primera vez que la Antártica dejó de ser una palabra en el mapa para convertirse en un lugar real y habitado.

La ciencia que se hace sobre el hielo

Más allá de su valor histórico, la “Capitán Arturo Prat” funciona como una plataforma logística y científica en uno de los entornos más exigentes de la Tierra. Su dotación garantiza la seguridad de la navegación y el control del tráfico marítimo, pero también sostiene tareas de observación que alimentan la investigación polar: mediciones meteorológicas, observación glaciológica y apoyo permanente a los equipos científicos que estudian el continente.

Ese soporte se articula con la actividad que coordina el Instituto Antártico Chileno (INACH) y con la red de investigación nacional e internacional que cada verano despliega su trabajo en el sector antártico. Es precisamente esa labor —menos visible que las gestas, pero igual de decisiva— la que estas visitas virtuales buscaron acercar a las nuevas generaciones: mostrar que detrás del paisaje extremo hay datos, instrumentos y personas que hacen posible la ciencia en el fin del mundo.

Casi ocho décadas de historia austral

Conviene recordar de dónde viene esta presencia. En enero de 1947 zarpó desde Valparaíso la Primera Expedición Antártica Chilena, integrada por la fragata “Iquique” y el transporte “Angamos”, al mando del Comodoro Federico Guesalaga Toro. Tras recorrer aquellas aguas, se eligió la Bahía Chile y, el 6 de febrero de 1947, quedó inaugurada la primera base nacional en la Antártica, bautizada entonces como Estación Radiotelegráfica y Meteorológica “Soberanía”.

Era apenas un hangar metálico y dos casas de madera diseñadas por el arquitecto Julio Ripamonti, habitadas por seis hombres al mando del Teniente Primero Boris Kopaitic O’Neill. Un año más tarde, en febrero de 1948, la base recibió la visita del Presidente Gabriel González Videla —primer jefe de Estado en el mundo en pisar el continente antártico—, ocasión en que recibió su nombre definitivo en honor al héroe naval de Iquique.

Desde entonces, su bitácora combina rescates memorables —como las operaciones durante la erupción de isla Decepción en 1967 o el auxilio al crucero “Lindblad Explorer” en 1972— con décadas de registros meteorológicos, observación glaciológica y apoyo a la ciencia. Una continuidad sostenida también a costa humana, que la memoria antártica conserva.

Rumbo a los 80 años y a una nueva Campaña Antártica

Esa continuidad adquiere un significado especial en el horizonte cercano. En 2027, Chile conmemorará los 80 años de la Primera Expedición Antártica Chilena y de la fundación de la base, dos hitos que sellaron la incorporación efectiva del Territorio Chileno Antártico a la vida nacional.

La mirada también se proyecta hacia el verano austral. En los próximos meses se desarrollará una nueva Campaña Antártica Chilena, en la que se reaprovisionarán y sostendrán las bases nacionales, se ejecutará el relevo de las dotaciones y se mantendrá operativa la red de instalaciones del territorio: buques, aeronaves y personal especializado zarparán desde el continente para sostener, un año más, la presencia chilena en el extremo sur del planeta.

El Territorio Antártico llega a las aulas

Más allá de las cifras, estas actividades permiten acercar la Antártica a las nuevas generaciones, fortalecer el conocimiento sobre el territorio y promover valores como el trabajo en equipo, la vocación de servicio y el cuidado del medio ambiente, además de estrechar lazos de cooperación e intercambio cultural con instituciones educativas nacionales e internacionales.

El Comandante de la Base Naval Antártica “Capitán Arturo Prat”, Capitán de Corbeta José Luis Bravo, resumió el espíritu de la iniciativa:

“Camino a los 80 años de la fundación de la primera base chilena en el continente blanco, para nosotros como dotación ha sido un placer establecer un nexo desde el Territorio Chileno Antártico con diferentes rincones de Chile y el mundo, dando a conocer nuestras tareas e historias, siendo para muchos una aventura a la distancia, y al igual para nosotros, en este maravilloso rincón del mundo donde somos continuadores de una historia única”.

Quizás ahí resida el verdadero alcance de estas jornadas: que un estudiante de Santiago, Bogotá, Lima o Ciudad de México pueda imaginarse, aunque sea por un instante, de pie sobre ese mismo hielo donde Chile instaló su primera base en 1947. Mientras esas historias sigan despertando asombro, la curiosidad por la Antártica —y por la ciencia que allí se hace— seguirá encontrando nuevas generaciones dispuestas a tomar la posta.


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