El ecólogo y filósofo Ricardo Rozzi propuso un nuevo nombre para el extremo austral de Chile: Albastrolandia, el vasto dominio subantártico donde reinan los albatros. Detrás del concepto hay una invitación a conocer —y resguardar— uno de los últimos territorios prístinos del planeta, con la comunidad y la ciencia como protagonistas.
Hay tierras que esperan siglos por un nombre. El pasado 27 de junio, en el matinal magallánico “Una Mañana en Familia” de ITV Patagonia junto a Oscar España y Paulina Gaete, el ecólogo y filósofo Ricardo Rozzi bautizó una de ellas: Albatroslandia, el vasto dominio subantártico donde el albatros reina sobre el océano.
No es un capricho poético. Es una invitación. Porque para cuidar un territorio primero hay que poder nombrarlo, imaginarlo y comprenderlo. Y este, el más austral y prístino de los confines habitables, merece por fin ser reconocido como lo que es: uno de los últimos grandes santuarios de la Tierra.
Geografía del fin del mundo
Albastrolandia comienza donde el continente americano se deshace en archipiélagos. Es la ecorregión subantártica de Magallanes: un laberinto de fiordos, canales e islas que se descuelga desde Tierra del Fuego hasta el Cabo de Hornos y, más allá, hasta las remotas islas Diego Ramírez, asomadas al temible Paso Drake.
Aquí el viento es ley. Soplan los célebres “cuarenta bramadores” y “cincuenta furiosos”, que rugen sin obstáculos alrededor del globo y modelan cada rama, cada ola, cada ladera.
El clima es subpolar, frío y húmedo todo el año. Pero esa aspereza esconde un tesoro: estas son consideradas algunas de las aguas y los aires más limpios del planeta, y custodian los bosques templados más australes del mundo. En la isla Hornos crece, incluso, el árbol que se atreve a vivir más al sur que ningún otro.
Bosques de gigantes y bosques en miniatura
La flora de Albastrolandia juega en dos escalas. A la altura de los ojos se alzan los bosques subpolares de Nothofagus —lenga, coigüe de Magallanes, ñirre—, que en otoño encienden las laderas de rojo y oro. Entre ellos respiran extensos turbales, esponjas vivas que almacenan agua y carbono desde hace milenios.
Pero el verdadero prodigio se observa de rodillas, con una lupa. Rozzi los ha llamado los “bosques en miniatura” del Cabo de Hornos: tapices de musgos, hepáticas y líquenes que concentran una riqueza extraordinaria de especies en apenas unos centímetros. De allí nació una idea luminosa, el “turismo con lupa”, que cambia para siempre la mirada del visitante.
La fauna completa el cuadro: el imponente carpintero negro magallánico, los zorros y una sorpresa reciente. En 2022, investigadores del Centro Internacional Cabo de Hornos describieron el rayadito subantártico, un ave de bosque que aprendió a nidificar en el suelo, entre los pastizales de Diego Ramírez, donde no crece un solo árbol.
Señores del viento: los albatros
Y entonces aparecen ellos, los que dan nombre a todo. El albatros errante (Diomedea exulans) es el ave voladora más grande del mundo: con las alas extendidas alcanza hasta 3,5 metros y puede planear durante horas sin batirlas, robándole energía al viento.
En las islas Diego Ramírez anidan, además, enormes colonias de albatros de ceja negra (Thalassarche melanophris) y de cabeza gris (Thalassarche chrysostoma): uno de los principales sitios reproductivos de estas especies en todo el planeta.
Su biografía es de una nobleza conmovedora. Son monógamos de por vida, ponen un único huevo cada una o dos temporadas y maduran recién hacia los diez u once años. Esa entrega a la calidad por sobre la cantidad los vuelve, también, frágiles: la pesca de palangre mata cada año a cientos de miles de aves marinas —un tercio de ellas, albatros— y las especies invasoras amenazan sus colonias.
Ciencia y soberanía en el confín austral
Comprender Albastrolandia exige presencia, y esa presencia se ha construido con ciencia. El corazón de ese esfuerzo es el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), proyecto basal financiado por la ANID y desarrollado a través de la Universidad de Magallanes, con sede en Puerto Williams, capital de la Provincia Antártica Chilena.
El CHIC corona una trayectoria de décadas impulsada por Rozzi: el Parque Etnobotánico Omora, la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos (UNESCO, 2005) y el Parque Marino Islas Diego Ramírez-Paso Drake (2019), el área protegida más austral de América.
Cada hito encarna una convicción poderosa: en el fin del mundo, la soberanía no se ejerce solo con banderas, sino con conocimiento. Investigar, monitorear, educar y habitar estos territorios es la forma más profunda de hacerlos propios y de proyectar a Chile como puerta de entrada a la Antártica.
La comunidad, guardiana de Albatroslandia
Pero ningún centro de investigación, por brillante que sea, basta por sí solo. Albastrolandia será resguardada si su gente la reconoce como propia. Los habitantes de Puerto Williams, de Cabo de Hornos y de toda Magallanes son sus verdaderos guardianes: quienes acompañan a los científicos, reciben al viajero y deciden cómo crecer sin romper lo irreemplazable.
Esta es, al fin, una invitación. A mirar con lupa los bosques diminutos. A levantar la vista hacia los tres metros y medio de alas que cruzan el Drake. A entender, mediante la ciencia, que cuidar este confín nos cuida a todos, porque aquí se mide el pulso del clima del planeta entero.
Albatroslandia ya tiene nombre. Ahora necesita guardianes.
