Investigadores chilenos —varios de ellos vinculados a Magallanes y al INACH— en SCAR 2026 recorriendo el mítico barco polar noruego. Del puerto de zarpe austral a la memoria de la Edad Heroica, un puente de más de un siglo.
Hay barcos que dejaron de surcar el mar para navegar la memoria. El Fram es uno de ellos. Amarrado bajo la gran estructura triangular del Frammuseet, en la península de Bygdøy, el casco de madera más resistente jamás construido para las regiones polares recibió en estos días a un grupo singular de visitantes: investigadores llegados desde distintos rincones del mundo que participaron en la 12ª Conferencia de Ciencia Abierta del Comité Científico de Investigaciones Antárticas (SCAR), celebrada en Oslo bajo el lema “Diving into Antarctic Science: Making Waves for the Future”.
Entre ellos, una nutrida delegación chilena para la que la Antártica no es un territorio lejano, sino el patio austral de casa. Porque si Oslo custodia la memoria de quienes abrieron camino al Polo Sur, es desde Magallanes —puerta de entrada al Continente Blanco— que buena parte de la ciencia antártica chilena se planifica, se embarca y zarpa cada temporada rumbo al sur.
Del puerto de zarpe al museo polar
La visita al Frammuseet fue una de las últimas actividades del OSC de SCAR 2026, y quizá una de las más cargadas de simbolismo. Después de cinco jornadas de plenarios, mesas de discusión y sesiones paralelas dedicadas al futuro del continente blanco, la comunidad científica cerró el encuentro volviendo la mirada al pasado, a las raíces mismas de la exploración polar. Para una región como Magallanes, acostumbrada a mirar hacia el sur, el gesto resulta especialmente elocuente: entender hacia dónde va la ciencia antártica exige recordar de dónde viene.
El vínculo, además, es reciente y concreto. Hace apenas un año, en agosto de 2025, fue Punta Arenas la que acogió a la comunidad polar mundial durante el XIV Simposio Internacional en Ciencias de la Tierra en la Antártica (ISAES 2025), también organizado por el SCAR junto al Instituto Antártico Chileno (INACH), con cerca de 200 investigadores reunidos en la capital regional. De aquel encuentro austral a esta cita en el corazón polar noruego, el hilo conductor es el mismo: una ciencia colaborativa que reconoce en Magallanes un actor de primer orden.
Un barco que fue tres expediciones
El Fram —”adelante”, en noruego— no es un navío cualquiera. Concebido por el ingeniero Colin Archer a instancias de Fridtjof Nansen, su casco redondeado fue diseñado para no ser aplastado por el hielo, sino para elevarse sobre él cuando la banquisa apretara. Con esa idea, aparentemente contraintuitiva, el barco protagonizó tres de las grandes gestas de la Edad Heroica de la exploración: la deriva ártica de Nansen entre 1893 y 1896, los viajes de Otto Sverdrup y, sobre todo, la expedición que llevó a Roald Amundsen a convertirse en el primer ser humano en alcanzar el Polo Sur, el 14 de diciembre de 1911.
Es esa hazaña la que da al Frammuseet buena parte de su aura. Entre sus vitrinas se conservan reliquias, instrumentos, diarios, vestimentas y antecedentes de la expedición de Amundsen: los trineos, los esquíes, los enseres cotidianos con que un puñado de hombres desafió al lugar más inhóspito del planeta y regresó con vida. El museo custodia, además, la Gjøa, la pequeña embarcación con que el propio explorador noruego completó por primera vez el Paso del Noroeste.
Recorrer las cubiertas, tocar la historia
Lo que distingue al Frammuseet es que el visitante puede subir a bordo. No se trata de contemplar el Fram tras un cordón, sino de descender por sus escaleras, recorrer sus cubiertas y sentir, bajo los pies, la madera que resistió los inviernos polares.
Para el historiador Francisco Sánchez, la experiencia superó las expectativas. “Fue una visita extraordinaria, especialmente por la muestra museológica y la puesta en valor a la historia polar noruega”, señaló. Y agregó, todavía impresionado por el recorrido: “Es realmente conmovedor recorrer las distintas cubiertas del Fram, lo cual invita a vivir una experiencia única y conmovedora”. Viniendo de un especialista, la observación no es menor: la manera en que Noruega ha convertido su legado polar en patrimonio vivo constituye, en sí misma, una lección de política cultural y de memoria histórica de la que Chile, y en particular Magallanes, tienen mucho que aprender.
La periodista científica María Pastora Sandoval Campos puso el acento en el contraste entre aquellos pioneros y la ciencia de hoy. “Si bien uno sabe la precariedad de los exploradores de principio del siglo XX, impresiona la capacidad de ellos de poder sobrevivir a situaciones tan extremas en una embarcación tan pequeña y con medios tan básicos”, reflexionó frente al casco del Fram. Y trazó una comparación elocuente: “Por ejemplo, hoy contamos con ropas de alta tecnología para soportar el frío y en ese momento no”. La frase resume el abismo tecnológico que separa a Amundsen de los científicos que hoy trabajan en el continente: donde antes había lana, cuero y una determinación casi temeraria, hoy hay textiles inteligentes, estaciones climatizadas, satélites y modelos predictivos. Y, sin embargo, el frío, el aislamiento y la inmensidad siguen siendo los mismos.
Presencia chilena, sello austral
La delegación que recorrió el Frammuseet dejó constancia del creciente peso de Chile en la investigación antártica. Participaron académicos e investigadores del Instituto Antártico Chileno (INACH) —organismo con sede en Punta Arenas y motor de la actividad científica antártica nacional—, la Universidad Mayor, la Universidad de Chile, el Instituto Milenio BASE y la Universidad Autónoma de Chile, junto a colegas provenientes de universidades y centros de estudio de los más diversos rincones del planeta.
Esa combinación —lo chileno y lo internacional caminando juntos por las cubiertas del Fram— no es casual. Chile, país antártico por geografía y por vocación, ha ido consolidando una comunidad científica robusta y diversa, capaz de dialogar de igual a igual en los grandes foros mundiales. Y en ese engranaje, Magallanes ha dejado de ser solo el puerto de zarpe para reclamar su lugar como cerebro científico de las operaciones antárticas nacionales.
De la Edad Heroica a la ciencia del futuro
Que una de las últimas actividades del encuentro haya sido esta visita tiene algo de circularidad poética. Los investigadores que durante la semana debatieron sobre el deshielo, la biodiversidad del Océano Austral, la gobernanza del continente y los desafíos del cambio climático, terminaron su jornada frente al testimonio material de quienes, hace más de un siglo, se atrevieron a lo imposible con una fracción de los recursos actuales.
El Fram recuerda que toda la ciencia antártica contemporánea —sus estaciones, sus rompehielos, sus programas de cooperación internacional— se sostiene sobre los hombros de aquellos exploradores que abrieron camino cuando el mapa del sur del mundo todavía estaba en blanco. Amundsen y sus hombres no tenían modelos climáticos ni comunicaciones satelitales; tenían un barco, perros de tiro y una voluntad inquebrantable.
Al abandonar el museo, con la tarde nórdica cerrándose sobre el fiordo de Oslo, más de un visitante debió sentir esa extraña continuidad que une la aventura y el conocimiento. La misma que, salvando las distancias, lleva hoy a científicos chilenos —muchos con raíces y laboratorios en el extremo austral— a viajar hasta el fin del planeta para descifrar sus secretos. El Fram ya no navega, pero sigue empujando hacia adelante. Adelante, como su nombre.
