Por Francisco Sánchez, Historiador
El 29 de mayo de 1964, en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, un puñado de visionarios dio vida a un sueño austral. Nacía el Instituto Antártico Chileno (INACH), creado por ley en 1963 para que Chile dejara de mirar la Antártica desde la orilla y se sentara, con la ciencia en la mano, en la mesa donde se decide el destino del Continente Blanco. Seis décadas después, ese sueño cumple 62 años y sigue creciendo.
Al comienzo no había oficinas ni personal: solo convicción. El almirante Jorge Araos fue su primer director, y Peter Welkner encabezó el naciente Departamento Científico que organizó la Primera Expedición Científica Antártica en el verano de 1964-65. Detrás, una generación de gigantes diplomáticos —Óscar Pinochet de la Barra, Jorge Berguño y Fernando Zegers— tejió la “conciencia antártica” de Chile y posicionó al país como actor clave del Tratado firmado en 1959.
Pinochet de la Barra, uno de los fundadores y testigo de la Conferencia de Washington, dirigió el Instituto entre 1990 y 2003. Bajo su impronta, la ciencia se consolidó como la verdadera punta de lanza de la presencia nacional en el hielo. Suya es la idea que aún define a la institución: la historia avanza sobre hombros de gigantes.
El año 2003 marcó un quiebre histórico. Bajo la conducción de José Retamales, el INACH trasladó su sede a Punta Arenas y convirtió a Magallanes en la puerta de entrada de Chile a la Antártica. Llegaron la modernización, el Edificio de Laboratorios “Embajador Jorge Berguño Barnes”, el buque científico Karpuj y decenas de campañas que llevaron a investigadores chilenos a los confines del planeta. Cada verano austral, las Expediciones Científicas Antárticas zarparon como una flota de conocimiento.
Hoy ese legado descansa en manos de un hombre que conoce el hielo de memoria. En julio de 2024 asumió como director el Dr. Gino Casassa Rogazinski, glaciólogo de prestigio mundial: ingeniero civil hidráulico de la Universidad de Chile, magíster por la Universidad de Hokkaido (Japón), doctor por Ohio State (EE. UU.) y autor de más de cien publicaciones. Pisó la Antártica por primera vez hace más de cuatro décadas e incluso integró la primera expedición chilena al Everest en 1983. Por eso, al asumir, lo dijo sin rodeos: dirigir el INACH “es un sueño hecho realidad”.
Casassa llega en un momento decisivo. El cambio climático derrite certezas: los glaciares que ha medido toda su vida retroceden, el hielo marino disminuye y especies emblemáticas como el pingüino emperador luchan por sobrevivir. En foros como la reciente Reunión Consultiva del Tratado Antártico, celebrada en Hiroshima, Chile vuelve a llevar su voz a la discusión global sobre cómo proteger el continente. Su gestión apuesta por robustecer el Programa Nacional de Ciencia Antártica, formar nuevas generaciones de científicos polares, fortalecer la diplomacia científica de Chile y proyectar al país hacia el Año Polar Internacional 2032-33, un horizonte en el que Magallanes aspira a consolidarse como capital mundial de la investigación antártica.
Sesenta y dos años después de aquel salón universitario, el INACH sigue fiel a su mandato: poner la ciencia al servicio de un continente de paz. La historia, como recordaba el viejo embajador, continúa sobre hombros de gigantes. Y desde el fin del mundo, Chile sigue mirando al sur.
