La mañana del sábado 4 de julio amaneció fría en la precordillera de Santiago, pero el Parque Mahuida, en La Reina, recibió desde temprano a un grupo diverso y entusiasta. A las 10 de la mañana, entre quillayes y el aire limpio de la montaña, comenzó el taller de décimas “Poema, Ciencia y Naturaleza”, una experiencia única que reunió a científicos, músicos, abogados, poetas y estudiantes en torno a una convicción compartida: el conocimiento de la naturaleza también se puede cantar.
El encuentro fue conducido por el Dr. Ramiro Bustamante, ecólogo y poeta, quien encarna en sí mismo el espíritu del taller. Con la soltura de quien ha transitado tanto los senderos de la investigación científica como los de la palabra escrita, Bustamante guio a los participantes por los secretos de la décima espinela: diez versos octosílabos que, desde los tiempos de la lira popular hasta Violeta Parra, han sido el vehículo por excelencia de la memoria y la sabiduría del mundo campesino chileno. La propuesta fue clara y desafiante a la vez: usar esa forma centenaria para nombrar los procesos ecológicos, los paisajes y las criaturas que la ciencia estudia con rigor y que la poesía celebra con asombro.
Entre los asistentes destacó la presencia del Dr. Ricardo Rozzi, referente de la ética biocultural y de la filosofía ambiental de campo, cuya trayectoria ha tendido puentes entre las ciencias ecológicas y las humanidades. Lo acompañó el Dr. Hugo Benítez, sumando la mirada académica a una jornada que se propuso, precisamente, sacar la ciencia de los laboratorios y llevarla al verso. También participaron Carolina Castro Lara, directora de relaciones internacionales, y Constanza Rojas, colaboradora del CHIC, cuya presencia subrayó el alcance que estas iniciativas de vinculación entre arte, ciencia y comunidad han ido ganando dentro y fuera de Chile.
La anfitriona de la jornada fue Walwska Lovera Subiabre, encargada del programa de montaña del Parque Mahuida, quien abrió las puertas del recinto convencida de que el parque no es solo un espacio de recreación, sino también un aula viva donde la comunidad puede reencontrarse con el ecosistema precordillerano que la rodea.
Pero quizás lo más notable del taller fue su público. Sentados en círculo, compartieron lápiz y papel músicos que buscaban nuevas letras para sus melodías, abogados que descubrían en la rima una forma distinta de argumentar, poetas curiosos por el lenguaje de la ecología y estudiantes que comprobaron que la ciencia puede emocionarse. Las primeras décimas surgieron con timidez, entre risas y correcciones colectivas, pero pronto el octosílabo empezó a fluir: versos dedicados al cóndor, al bosque esclerófilo, al agua escasa y a la montaña que observaba, silenciosa, el nacimiento de cada estrofa.
Al cierre de la mañana, la sensación compartida fue que algo importante había ocurrido: la comprobación de que la décima, esa vieja forma popular, sigue viva y disponible para hablar de biodiversidad, cambio climático y conservación con la voz de la gente. El taller “Poema, Ciencia y Naturaleza” demostró que entre el dato y el verso no hay frontera, sino un territorio fértil por explorar.
Quienes quedaron con ganas de sumarse a futuras versiones pueden estar atentos a las convocatorias del Parque Mahuida y de la comunidad organizadora, que ya sueña con que las décimas sigan brotando, como la vegetación nativa, al pie de la montaña.
