Del fin del mundo al corazón de Europa: el gradiente que une Cabo de Hornos con Alemania

Hay un hilo invisible que conecta los musgos de Isla Navarino con las praderas de frutales de Frankfurt. Ese hilo tiene nombre técnico —gradiente de transformación antropogénica— y será el eje de la Summerschool 2026 “Biocultural Diversity”, que durante dos semanas de junio reunirá a una veintena de investigadores, varios de ellos magallánicos, en un recorrido por buena parte de Alemania.

La idea es elegante en su simpleza. Si el Cabo de Hornos figura entre los 24 sitios más prístinos del planeta, donde la palabra clave sigue siendo conservación, Europa Central encarna el extremo opuesto: un territorio modelado por la mano humana durante milenios, donde lo que se busca ya no es preservar lo intacto sino restaurar lo perdido. Entre ambos extremos se tiende un gradiente, y mirarlo desde sus dos puntas es la apuesta intelectual del encuentro.

El itinerario funciona como un atlas vivo de esa transformación. Arranca en Frankfurt, en el instituto Senckenberg, con un simposio que viaja de la dieta de los primeros homínidos europeos a los paisajes culturales del Rin desde el Neolítico. De ahí el grupo sube al Lohrberg, donde las huertas tradicionales de frutales se conservan como patrimonio regional, y visita la antigua pista de aterrizaje de Bonames, hoy convertida en un experimento de renaturalización: hormigón que vuelve a ser río.

El viaje continúa hacia el bosque de Sababurg —un “bosque primigenio” sobreviviente— y las turberas del Bourtanger Moor, con su Moormuseum dedicado a la historia de la explotación del humedal. Allí los magallánicos encontrarán ecos inesperados de su propia tierra: las turberas y los bosques subantárticos de lenga y coigüe que el sur de Chile todavía guarda casi intactos. Lo que en Alemania es memoria de un paisaje perdido, en Magallanes es presente vivo. El recorrido también pasa por la represa del Edersee y el Parque Nacional Kellerwald, donde un bosque de hayas protegido convive con una de las grandes obras hidráulicas del país: dos maneras, opuestas y simultáneas, de habitar la naturaleza.

No todo es ecología. En Jena, la expedición recorre el Herbario Haussknecht y la casa de Ernst Haeckel, el naturalista que dibujó la belleza de la vida y tendió, hace más de un siglo, un puente entre arte y ciencia. No es casualidad: uno de los grupos de trabajo de la escuela explora justamente ese vínculo, “de Haeckel al presente”, como herramienta de conservación y restauración.

Porque la Summerschool no es solo un viaje de observación. Los participantes se organizan en cinco grupos de trabajo que comparan ambos extremos del gradiente: la homogeneización biocultural, la restauración alemana frente a la conservación chilena, los impactos del cambio global, el rol del arte y la ética biocultural. Son, no por azar, las mismas líneas que inspiran al Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), dirigido por Ricardo Rozzi, que acuñó desde Puerto Williams el concepto de conservación biocultural que hoy recorre Europa.

Ahí está, quizás, lo más fértil de este intercambio. Las ideas que nacieron mirando los líquenes y las aves del extremo austral viajan ahora a confrontarse con un continente que ya cruzó el umbral de la transformación. Y los jóvenes científicos de Magallanes —de la UMAG, del CHIC— regresarán con una pregunta más afilada: ¿cómo cuidar lo prístino antes de tener que restaurarlo? El fin del mundo, una vez más, tiene algo que enseñarle al centro.

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