Con el fin de las vacaciones de verano, especialistas advierten sobre la importancia de regular el uso de pantallas antes del retorno a clases. Una exposición excesiva y sin límites claros puede afectar la atención, la regulación emocional y la adaptación a la rutina escolar.
Camila Navarrete, académica de la Facultad de Psicología de la Universidad UNIACC, explica que el aumento del uso de dispositivos durante el verano “no es en sí mismo negativo, especialmente cuando es acotado y supervisado”. Sin embargo, advierte que una exposición excesiva y poco regulada puede impactar en distintas áreas del desarrollo infantil.
En el plano cognitivo, el exceso de pantallas puede afectar la atención, la autorregulación y la tolerancia a la frustración. Además, suele interferir en el sueño y en los hábitos de alimentación, sobre todo cuando los dispositivos se utilizan antes de dormir o durante las comidas.
Desde el ámbito emocional, se observa en algunos niños mayor irritabilidad, dificultad para manejar el aburrimiento y menor capacidad para identificar y regular emociones sin apoyo externo. A nivel social, el uso excesivo puede reducir oportunidades de interacción cara a cara y juego compartido, fundamentales en la infancia.
¿Cuánto es demasiado?
La especialista aclara que no existe una cifra única válida para todos los niños, pero sí orientaciones generales. En menores de cinco años, se recomienda un uso muy limitado y siempre acompañado por un adulto. En edad escolar, el foco debe estar no solo en el tiempo, sino también en la calidad del contenido, el momento del día y el equilibrio con otras actividades como el juego libre, el movimiento y el descanso.
Cuando durante el verano no existen horarios ni límites claros, el impacto puede evidenciarse al acercarse el inicio del año académico. Entre las dificultades más frecuentes se encuentran problemas para regular el sueño, menor tolerancia a las exigencias escolares, dificultades para sostener la atención en clases y mayor resistencia a normas y estructuras.
Señales de alerta y transición gradual
Entre las señales que podrían indicar un uso problemático destacan: irritabilidad intensa cuando se limita el acceso, dificultad para detener la actividad digital, aislamiento social, cambios relevantes en el estado de ánimo, alteraciones del sueño o desinterés por actividades que antes resultaban motivantes.
Para facilitar la transición, la recomendación es comenzar el ajuste una o dos semanas antes del regreso a clases. Esto implica recuperar progresivamente horarios de sueño, reducir gradualmente el tiempo frente a pantallas, reinstalar rutinas diarias y anticipar el retorno al colegio mediante conversaciones acordes a la edad.
En niños con neurodivergencias, como trastorno del espectro autista o TDAH, la orientación debe ser diferenciada. En estos casos, las pantallas pueden cumplir funciones específicas de regulación emocional o predictibilidad. Por ello, más que prohibir, se recomienda comprender su uso, mantener rutinas claras y coordinar estrategias entre la familia y el establecimiento educacional.
El mensaje central es claro: el retorno a clases no solo implica comprar útiles o uniformes, sino también restablecer hábitos que favorezcan el bienestar, la adaptación escolar y un desarrollo saludable.