Por Dra. Laura Azócar Ulloa
Directora Alterna del Centro de Energía, Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)
En un escenario global marcado por crisis geopolíticas, ambientales y económicas, la investigación científica se vuelve un pilar fundamental para comprender la complejidad de estos fenómenos y avanzar hacia soluciones sólidas y sustentables. En Chile, a estos desafíos se suman los efectos del cambio climático, la necesidad de avanzar hacia una mayor independencia energética, el aumento del costo de la vida y la reflexión crítica sobre el impacto de la inteligencia artificial en nuestro futuro. Todo ello exige capital humano altamente especializado, capaz de responder desde una mirada local a problemáticas de alcance global.
En este contexto, la incorporación de más mujeres al quehacer científico —particularmente en las áreas de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por su sigla en inglés)— se vuelve una necesidad estratégica. La evidencia es clara: los equipos diversos y multidisciplinarios, con distintas trayectorias, enfoques y experiencias, enriquecen los procesos de investigación y permiten abordar con mayor eficacia problemas complejos. Promover una mayor participación femenina en la ciencia, con voz, poder de decisión y responsabilidades de liderazgo, es una tarea que la sociedad en su conjunto debe asumir.
Si bien se observan avances, las cifras aún reflejan brechas importantes. En Chile, alrededor del 30% de quienes ingresan a carreras STEM son mujeres, porcentaje que sigue siendo bajo en comparación internacional y que sitúa al país entre los últimos lugares de la OCDE en mujeres egresadas en estas áreas. En el ámbito científico en general, la participación femenina alcanza cerca del 40%, un dato más alentador, pero que no se replica en los espacios de toma de decisiones: la mayoría de los cargos de liderazgo académico y científico continúan siendo ocupados por hombres.
Las políticas públicas han contribuido a sentar bases relevantes, mediante iniciativas como el puntaje adicional para proyectos liderados por mujeres o la exigencia de integrar investigadoras en equipos de trabajo. Sin embargo, el cambio de fondo requiere transformaciones culturales sostenidas en el tiempo. Esto implica fomentar la igualdad de género desde la primera infancia, fortalecer el apoyo familiar y escolar a niñas y adolescentes interesadas en áreas STEM, y avanzar hacia una distribución más equitativa de las tareas de cuidado y del hogar.
En el ámbito laboral persiste otro desafío estructural: la conciliación entre trabajo, vida familiar y tiempo personal. En una sociedad donde el éxito suele medirse en términos de productividad y rendimiento, resulta indispensable avanzar hacia modelos que promuevan un equilibrio real entre las distintas dimensiones de la vida. Medidas como la reducción de la jornada laboral y la construcción de ecosistemas más flexibles, dinámicos e inclusivos permiten proyectar un futuro más favorable para que nuevas generaciones de mujeres sigan su vocación científica.
Impulsar la participación de mujeres en STEM no es solo una cuestión de equidad, sino una inversión estratégica para el desarrollo sostenible del país. Fortalecer la ciencia con más talento femenino es fortalecer la capacidad de Chile para enfrentar los desafíos presentes y futuros con innovación, conocimiento y responsabilidad social.