El cerebro no es una estructura rígida e inmutable. Por el contrario, es un sistema dinámico capaz de reorganizarse constantemente. A esta capacidad se le conoce como neuroplasticidad, un fenómeno clave para comprender cómo aprendemos, nos adaptamos, superamos traumas e incluso enfrentamos trastornos como la depresión.
El académico del Departamento de Psicología de la Universidad de La Serena, Dr. Sebastián Corral, explica que la neuroplasticidad “es la capacidad del cerebro para cambiar su estructura y su función en respuesta a la experiencia, el aprendizaje y la interacción con el entorno. También es un mecanismo central en la recuperación, parcial o total, tras lesiones cerebrales”.
Cada vez que aprendemos algo nuevo, el cerebro se modifica. A nivel sináptico —es decir, en las conexiones entre neuronas— aumentan los contactos estructurales y mejora su eficiencia. Estos cambios pueden traducirse en nuevas habilidades, patrones de pensamiento o formas distintas de enfrentar situaciones complejas.
Depresión y nuevas formas de pensar
Aunque la neuroplasticidad es un proceso natural del sistema nervioso, su relevancia clínica ha cobrado especial interés en el abordaje de la depresión.
Según Corral, existe evidencia de que la psicoterapia puede favorecer la reorganización sináptica, especialmente en casos de depresiones reactivas. Desde el modelo cognitivo, la depresión se vincula a interpretaciones distorsionadas de la realidad.
Entre las distorsiones más frecuentes se encuentra la abstracción selectiva, donde la persona centra su atención en un detalle negativo e ignora los aspectos positivos de una experiencia. Otra es la sobregeneralización, que transforma un error puntual en una supuesta evidencia de fracaso permanente.
En contextos de violencia intrafamiliar, por ejemplo, puede ocurrir la minimización de agresiones, una forma de pensamiento profundamente arraigada. Sin embargo, mediante terapia es posible resignificar esas experiencias y construir nuevas interpretaciones. “No es que el cerebro sea positivo o negativo, sino que cambia. Y ese cambio puede orientarse hacia formas más saludables de interpretar la realidad”, señala el especialista.
El trauma y el papel de las amígdalas
La neuroplasticidad también juega un rol decisivo en la comprensión del trauma. Este surge cuando una persona vive o presencia una situación que amenaza su vida o integridad física o psíquica.
A nivel cerebral, el miedo se procesa principalmente en las amígdalas cerebrales, ubicadas en los lóbulos temporales. Ante un recuerdo traumático, estas estructuras pueden activarse de manera intensa, generando respuestas de alerta o pánico.
Sin embargo, las amígdalas se comunican con la corteza prefrontal, responsable de regular la conducta. Esta interacción permite modular la respuesta emocional según el contexto. Cuando existe trauma, esa regulación puede verse alterada, lo que se manifiesta clínicamente en cuadros como el estrés postraumático.
La buena noticia es que la neuroplasticidad opera en ambos sentidos: así como el cerebro puede aprender a temer, también puede aprender nuevas formas de reaccionar frente al mismo estímulo. A través de procesos terapéuticos, es posible resignificar la experiencia traumática y recuperar el control conductual y emocional.
En un mundo cambiante y desafiante, comprender la neuroplasticidad no solo amplía nuestro conocimiento científico, sino que también abre una puerta concreta a la esperanza: el cerebro puede transformarse, y con ello, también nuestra forma de vivir.